CUADERNO: Libro pequeño o conjunto de papel en que se lleva la cuenta y razón, o en que se escriben algunas noticias, ordenanzas o instrucciones;
LIBERAL: Partidario de la libertad individual y social en lo político y de la iniciativa privada en lo económico;
ANGLOFILO: Que simpatiza con lo inglés o lo admira;
BIBLIOFILO: Persona amante de los libros;
MELOMANO: Persona fanática de la música.
Stefan Zweig es un escritor austriaco de principios del Siglo XX que vivió en una era tan fascinante como convulsa. Zweig, de familia judía, perteneció a la clase pudiente vienesa en el final de la época dorada del liberalismo europeo. Un mundo que se rompió con el primer conflicto armado mundial y que casi remataría unos años más tarde la Segunda Guerra Mundial.
Zweig creció en la Viena de fín de siglo, aquella que parió el Modernismo y que dio a la Humanidad leyendas como Klimt, Mahler, Freud, Kokoschka o Schoenberg, a políticos que alterarían el mundo para siempre, aunque fuera bajo la batuta de otros líderes a quienes aquellos inspiraron (Schonerer, Lueger y Herzl), a economistas de talla mundial (incluido algún premio Nobel) que a su vez inspirarían a políticos (Von Mises y Hayek), a los varios arquitectos y planificadores urbanos que cambiaron la faz de Viena a partir de la construcción del Ringstrasse y de varios edificios emblemáticos (Wagner y Sitte), a escritores como Schmitzler y Von Hofmannsthal, etc, etc. Zweig narra con detalles exquisitos lo que fue la vida cultural de esa Viena en sus memorias El Mundo de Ayer, donde igualmente describe cómo ese mundo liberal y refinado culturalmente se desploma en 1914 con el asesinato en Sarajevo del heredero al trono imperial austro-húngaro, el Archiduque Franz Ferdinand.
Zweig consiguió a duras penas congraciarse con el mundo de la posguerra, para finalmente abandonar su país para siempre en 1934 al poco de llegar Hitler al poder en Alemania y al adivinar el futuro triunfo de la corriente pangermánica en su Austria del corazón. Desde 1934 hasta 1940 Zweig residió en el Reino Unido, primero en Londres y luego en la preciosa ciudad de Bath, donde por cierto yo pasé mi primer verano en Inglaterra, allá por 1984. A inicios de 1940, temeroso del avance de las tropas nazis en el Continente, y con el pánico generalizado en las Islas Británicas sobre una posible invasión alemana a través del Canal Inglés, Zweig se traslada unos meses a Nueva York, y antes de que acabe el verano se muda a su residencia última en la ciudad imperial de Petrópolis, en las montañas cercanas a la ciudad de Río de Janeiro, en Brasil.
Zweig acabaría quitándose la vida en 1942 en dicha ciudad, al no superar la devastación y sufrimiento humano causados por el Nacional Socialismo en su Europa del alma.
En vida, Zweig fue uno de los escritores europeos más populares. Escribió ensayos, biografías, novelas y sus citadas memorias. Entre sus obras a mi me gusta recordar una que tiene un título que siempre me atrajo mucho, aún más porque mi primer trabajo fue en dicho país tropical: Brasil, país del futuro.
Entre sus ensayos hay uno que me gusta recomendar siempre y que nos narra esos instantes memorables que ha tenido la Humanidad a través de alguno de sus protagonistas y que, según Zweig, son momentos decisivos de la historia universal. Zweig los escribió por partes, comenzando con cinco miniaturas y luego añadiendo nueve más. En su Momentos Estelares de la Humanidad Zweig nos habla del minuto decisivo de Napoleón en Waterloo, de la carrera hacia el Polo Sur, del descubrimiento del Océano Pacífico por Balboa, de la Caída de Constantinopla en manos de los Otomanos, o del instante en el que Lenin aborda el tren que le llevaría a Rusia para liderar la revolución, esa que acabaría 70 años después en un total fiasco económico (además de otras cosas aún peores). Leer todos esos momentos estelares es una delicia, de verdad. Pero a mí hay uno que me encanta, y que siempre me lo recuerda una melodía muy especial: el Mesías de Händel. Por razones obvias, en muchos países del mundo se acostumbran a organizar conciertos de esta obra cuando se acerca la época navideña. A los que vivimos en Washington DC, cuando llegan esas fechas especiales nos toca asistir a uno de estos tres clásicos: el Cascanueces de Tchaikovsky, el Mesías de Händel, o el tradicional concierto de temas navideños que ofrece la Navy en el Constitution Hall. La pasada Navidad me tocaron en gracia los dos últimos. Al Mesías asistí en el Strathmore de Rockville. Además de ser una música maravillosa, me encanta porque en su momento estelar, cuando suena el Aleluya, todo el mundo se levanta de sus asientos (algo inusitado durante un concierto de música clásica) rememorando la reacción que dicen que tuvo el rey británico Jorge II cuando lo escuchó emocionado por primera vez en Londres, allá por el siglo XVIII, y yo viajo a esa inspiración que leí en la miniatura de Zweig...
Una de mis bandas favoritas de rock sureño es Lynyrd Skynyrd. Su canción más emblemática es Sweet Home Alabama, que forma parte de la banda sonora de esa película tan estupenda titulada Forrest Gump que hace un repaso a la historia de Estados Unidos desde mediados de los años 50 hasta los 80s.
Sweet Home Alabama
Sweet Home Alabama es todo una canto de devoción al Sur de Estados Unidos. Y también de defensa de una tierra poco comprendida y desprestigiada por una historia parcial narrada por los vencedores de la Guerra de Secesión. Neil Young, que a mí llegó a gustarme una barbaridad desde que lo oí por primera vez con Crosby, Stills & Nash, escribió una canción titulada Southern Man que como intento de alegato contra el esclavismo y el Ku Klux Kan acabó pasándose de la raya y generalizando su crítica hacia la población de Dixie, como aquí se conoce al Sur. La verdad es que Neil Young tiene canciones fantásticas (Harvest moon, Like a hurricane, Expecting to fly, Safeway Cart...) pero a veces es un poco julai y escribe boludeces. Lynyrd Skynyrd compusieron Sweet Home Alabama en respuesta a la canción de Young. De ahí estrofas como:
Well I heard mister young sing about her Well, I heard ole neil put her down Well, I hope neil young will remember A southern man don´t need him around anyhow
Pero la producción de Lynyrd Skynyrd va mucho más allá de esta icónica canción. Cualquiera que haya asistido en Estados Unidos a conciertos de bandas históricas de rock sureño o rhythm & blues en locales pequeños se habrá dado cuenta que durante los preparativos de la audición, o entre canción y canción, siempre hay un guitarrista de la banda que sea que toca las primeras notas de otra de las canciones emblemáticas de Lynyrd Skynyrd...y también siempre hay alguien entre el público que, emocionado, grita "Free bird!!!!!". Nunca lo he entendido, pero me ha pasado tantas veces que creo que se trata de un pequeño ritual, como una dedicatoria que hacen todos estos músicos a esa legendaria banda. Free bird es una pasada de canción. Y como las buenas canciones (p.ej. Hotel California de los Eagles, o Sweet Nuthin´ de la Velvet Underground), deja para el final un solo de guitarra que te pone la piel de gallina. Es definitivamente uno de los pináculos de creación artística del rock sureño. Y acompañada de las espectaculares imágenes que vienen en el vídeo que comparto a continuación suena absolutamente sublime:
Free bird
Me dejo para el final de este post la que para mi es la mejor composición de Lynyrd Skynyrd: One More Time. Esta canción forma parte del LP Street Survivors, lanzado en 1977, y en mi opinión es una de las canciones de Lynyrd Skynyrd más infravaloradas, tanto a nivel de letra como de melodía. One More Time nos habla de los amores tóxicos, de esos que contaminan tu vida y de los que es tan difícil curarse. De esos que te deslumbran, y que te hacen pensar que gracias a ellos vas a ser mejor, pero que en realidad vienen para desestructurar todo lo que con tanto esfuerzo has construido durante años. Esos que se apropian del sentido de tus canciones más íntimas, de las citas que recuerdas de tus lecturas favoritas, que se hacen presentes en los momentos mágicos de una puesta del sol, o cuando sale una luna inmensa, anaranjada, de esos que no buscas pero que aparecen en todos los lugares, especialmente cuando cierras los ojos...pero que en realidad son profundamente egoístas y caprichosos, que dejan una semilla negra en tu alma que crece y que luego es muy difícil de extirpar. Son de los que te usan y te dejan a merced de los elementos cuando tienes la tormenta encima. Esos que visten siempre de pantalón corto, nunca de largo, que no se comprometen porque en realidad no son amor del bueno. Esos que exigen lo mejor de ti para dejarlos, aunque sea temporalmente, atrás. Esos que, aunque creías haberlos olvidado, siempre están latentes, al acecho, y que son tan seductores que es muy difícil decirles que no cuando reaparecen en tu vida. Hasta que por fin te das cuenta que son un problema de la razón, y no del corazón. De todo esto nos habla One More Time, para mí la mejor canción de esta legendaria banda sureña.
Cuenta la Baronesa Margaret Thatcher (1925-2013) en el primer volumen de sus Memorias (The Downing Street years; 1993) que el Conde de Stockton, Harold Macmillan (1894-1986), Primer Ministro británico desde 1957 a 1963, durante un encuentro con jóvenes Miembros del Parlamento (entre ellos, ella), recomendó a todos aquellos que llegasen a Primer Ministro la lectura de Disraeli y Trollope, para combatir el aburrimiento de un cargo que no tenía asignado ningún departamento del gobierno en especial. En su autobiografía Lady Thatcher nos confiesa que siempre pensó que Macmillan bromeaba, no en cuanto a la capacidad literaria de ambos autores victorianos sino en lo que respecta a la existencia de horas muertas en el desempeño del principal cargo de responsabilidad política del reino.
Hoy quiero rendir un primer y pequeño tributo a uno de esos dos literatos de la época victoriana, contemporáneo de escritores de la talla de Charles Dickens o Jane Austen: Anthony Trollope (1815-1882). Si bien admito que las obras de Dickens siempre me acompañan entre mis lecturas de verano, he de confesar que siempre hay una de Trollope en mi mesa de lectura durante el resto de las estaciones del año. Aunque Trollope hoy es menos conocido que varios de sus escritores contemporáneos, su calidad está fuera de duda. No en vano, su nombre se encuentra inscrito en el memorial que hay en el Poets´Corner de Westminster Abbey, donde solo los más grandes escritores británicos tienen mención.
Trollope fue un autor prolífico. Sus novelas se cuentan por decenas. Y para todo apasionado por la época victoriana no hay mejor relator. En este post quiero referirme a un conjunto de sus novelas que para mí son el pináculo de la literatura de aquella época. Me refiero a las denominadas Novelas Palliser. Llevan dicho nombre porque, aunque refieren historias de diversos personajes de la gran era del Progreso Victoriano de las décadas de los 1860 y 1870, hay un personaje que aparece en todas ellas, aunque no siempre en primer plano: Plantagenet Palliser, Duque de Omnium, Canciller del Exchequer (equivalente a un Ministro de Hacienda), y subsecuente Primer Ministro y Miembro de la Cámara de los Lores.
Los títulos de las seis novelas son: Can you forgive her? (1865), Phineas Finn (1869), The Eustace Diamonds (1873), Phineas Redux (1874), The Prime Minister (1876) y The Duke´s Children (1880). Se trata de novelas caracterizadas como de Vida Parlamentaria, donde se describen las costumbres sociales de la época victoriana y las grandes batallas políticas entre Liberales y Conservadores en torno a los principales temas de aquel periodo imperial, tales como la emancipación, Irlanda, la relación Iglesia-Estado, los asuntos internacionales, el colonialismo y el comercio. Aunque el centro geográfico de interés de las novelas son los corredores del poder en Westminster, la obra extiende su influjo al norte de Inglaterra, Escocia y Europa. A todo aquel que haya disfrutado con la serie Downton Abbey le fascinará su lectura. Es más, estoy seguro de que los guionistas de dicha serie se inspiraron en más de una ocasión en las letras de Trollope.
Concluyo con una pequeña nota de precaución. Trollope no es para cualquiera. A su lectura hay que llegar habiendo trabajado el intelecto a nivel político y literario durante años. Disculpad esta arrogancia pero es que es así: hace unos años le regalé una de las novelas Palliser (Phineas Finn) a una persona muy vinculada a Irlanda y con un perfil a priori apto para encajar con este autor y nunca me la volvió a mencionar...
Para disfrutar a Trollope, además de tener cerca un diccionario (si uno lo lee en inglés), te tiene que entusiasmar la política, especialmente el parlamentarismo, y su génesis en la meca política que fue la Inglaterra en tiempos de la Reina Victoria, así como disfrutar de las historias de las grandes familias aristocráticas y de la baja nobleza rural de dicho país. También hay que sentir curiosidad por los detalles de tradiciones como la caza del zorro, la del ciervo en las tierras altas de Escocia, las grandes fiestas en sociedad y las carreras de caballos. Y, sobre todo, tener un espíritu proclive a grandes dosis de romanticismo decimonónico.
Estuvo en mi corazón, pero sobre todo en mi cabeza durante casi 40 años. Desde aquel verano de 1977 en que acudí a ver al cinema Palafox de Zaragoza el episodio IV de la saga más famosa de la historia del cine. Mi primera princesa se ha ido de este mundo, de repente, tal y como llegó.
La Princesa Leia, de cazarecompensas, en Tatooine (El Retorno del Jedi)
Al conocerla me quedé con los típicos gestos con los que se queda un niño al que le han vendido la idea de las princesas son mujeres a las que hay que rescatar de dragones y malvados, que hablan el lenguaje de los ángeles, o que agradecen tus gestas o te dan ánimos con besos y caricias. Por eso recuerdo con cariño infantil las escenas en la que la princesa Leia abriga con una manta a un Luke Skywalker destrozado por la muerte de su mentor Obi-Wan Kenobi a manos de Lord Vader, o aquella en la que estampa un beso en la mejilla del futuro Jedi antes de cruzar abrazados, balanceándose en una cuerda, el abismo dentro de la Estrella de la Muerte, impertérritos ante el intenso fuego de los blasters imperiales. O durante la ceremonia final, absolutamente deslumbrante en ese vestido blanco, colocando las medallas de agradecimiento de la vieja República a los héroes Skywalker y Solo.
Pero conforme pasaron los años, me fui dando cuenta que Leia no era una princesa como las de los cuentos de infancia, que esperaban en sus castillos a que un guerrero las rescatase, pasivas e incapaces de rescatarse a sí mismas. Y en la enésima vez que vi las tres primeras películas de la saga descubrí matices de ese carácter que ha marcado mi ideal de mujer desde entonces. Además de una estética femenina que hasta el día de hoy confieso cuasi insuperable, Leia era capaz de soltarle a un proto-Jedi como Luke, que venía a rescatarla hasta la mismísima puerta del calabozo imperial, esas frases épicas de:
Leia: "Aren´t you a little short for a stormtrooper?"
Luke: "I´m Luke Skywalker, I´m here to rescue you".
Leia: "You´re who?"...
Y también me acuerdo del coraje de esta princesa, estrangulando al apestoso Jabb the Hutt con la cadena que la mantenía presa en su harén de Tatooine. Cualquier cosa con tal de acortar la vida de esa deplorable criatura que le obligó a vestir semejante bikini dorado...
Y después de verla encarar a Darth Vader, de admirar su integridad al conocer la noticia de que su planeta originario (Alderaan) ha sido desintegrado por el fuego de la primera Estrella de la Muerte, de maravillarme con su estoica evacuación del helado planeta de Hoth, de enternecerme durante su rescate a Han Solo de su forzada hibernación en carbono, y tantas otras hazañas...me es imposible no considerar absolutamente normal verla ascendida a General Organa en episodio VII de la saga.
Maldito sea este año 2016 que se ha llevado,entre otros, a Leonard Cohen, David Bowie, George Michael y a Carrie Fisher, la Princesa Leia, mi primera princesa...
Durante la evacuación del Planeta Hoth (El Imperio Contraataca)
Creo que la primera canción que escuché de Wham!, o al menos la primera que me llamó la atención, fue I´m your man. La escuché en formato videoclip, a mediados de los 80, cuando eran los reyes de ese pop tan maravilloso que fue la New Wave británica. Además de lo pegadizo de la melodía, de la voz sensual de George Michael, de la alegría contagiosa de su compañero de fórmula (Andrew Ridgeley), del espectacular ritmo que le imprimía a la canción ese bajista negro que siempre les acompañaba en sus grabaciones, me llamó la atención el lugar donde filmaron el vídeo: el legendario club Marquee de Londres. Yo sabía que ese mismo club londinense, veinte años atrás, había sido escenario del despegue del R&B británico, liderado entre otros por los Rolling Stones. Yo visitaría el Marquee diez años más tarde con mi amigo Juan, ya en los 90, mientras fui estudiante de maestría en la Universidad de Londres. Pero eso es otra historia...
El caso es que para mí Wham! siempre fueron una de las mejores bandas de aquellos años de mi juventud. Los escuchaba mientras me acicalaba para salir con mis amigos del Colegio Británico cada sábado a las discotecas de aquella Zaragoza tan provinciana, pero donde se escuchaba tan buena música británica. Recuerdo bailar en la penumbra de algún salón de baile, debidamente acompañado, Careless Whisper. También me gustaban mucho Everything She Wants y The Edge of Heaven. Y admito que su Last Christmas para mí está a la altura del White Christmas de Bing Crosby, o el Cold December Night de Michael Bublé. Es paradógico que George Michael se nos haya ido de este mundo un día de Navidad, con apenas 53 años...
Everything She Wants
Last Christmas
George Michael tenía una de las voces más sensuales del panorama pop mundial. Al carajo con los cotilleos y habladurías sobre su sexualidad, obscenidades y uso de marihuana. A quién coño le importa? George Michael era un músico como la copa de un pino. Y además uno con los pies bien plantados en la tierra. En una entrevista en 2004 a la revista británica GQ dijo: "El público siempre pensó que yo quería ser visto como un músico serio, sin embargo nunca fue así; lo que siempre quise que el público supiera era que yo era absolutamente serio en lo que respecta a la música pop". Y vaya si lo fue. Sin entrar en lo que su primer álbum en solitario Faith significó para el pop mundial en 1987, con más de 20 millones de discos vendidos en todo el planeta (5 millones de ellos en EEUU), la calidad musical de George Michael está, bajo mi punto de vista, a prueba de bombas. Para quien lo dude, aconsejo escuchar canciones como su dueto con una de las reinas del soul, Aretha Franklin, I knew you were waiting (for me), o sus maravillosas interpretaciones de himnos legendarios del American Songbook, tales como You´ve changed o When or when, entre otras de las joyas que forman parte de su nostálgico CD Songs from the Last Century, publicado en 1999.
I knew you were waiting (for me)
When or When
Leyendo entre los varios artículos y obituarios que hay en la prensa anglosajona estos días acerca de la vida de George Michael, me quedo con una frase que caracteriza muy bien su obra musical: "that our pleasure is not frivolous, and that heavy ideas travel further when they´re floating on bright melodies".
Muchas gracias George por haber puesto la melodía a varios momentos importantes de mi juventud.
Hoy quiero compartir un CD que destila música honesta, de la que acaricia la fibra más sensible, esa que es emocionalmente impactante. El veterano de la música Country John Prine se ha rodeado este año de varias de las estupendas voces femeninas de este estilo musical tan americano y ha publicado un disco de duetos titulado For better, or worse (traducido al castellano: Para bien o para mal). A través de sus canciones Prine y sus acólitas nos recuerdan, de esa forma tan especial que tiene la música bien hecha, esos sentimientos profundos que hacen únicas a algunas relaciones.
Hay canciones que hablan de la frialdad del corazón que deja de amar; del color de la tristeza; de la amenaza de abandonar al ser querido que te traiciona, a sabiendas de que es un ultimátum imposible de cumplir; de la nostalgia de soñar junto con la persona amada un mismo sueño, etc. Sí, la música Country no sólo habla de bravuconadas, de bares de carretera o del hombre Marlboro...
Quiero compartiros las canciones que a mí más me gustaron de este CD. Las he elegido por su melodía, por la magnífica combinación de voces de Prine, ya desgastada por los años, y sus respectivas acompañantes; pero sobre todo por el tema tratado en cada canción y la maravillosa letra que narra cada una de estas historias.
Para comenzar, una apuesta optimista: los temporales, cuando el amor es sincero y profundo, cuando es para siempre, nunca duran mucho...
Después viene una dedicatoria a ese amor que sólo aparece una vez en la vida y es para siempre, aunque a veces las circunstancias personales o el propio Destino no le den mucha opción...
No puedo dejar de incluir la canción Who´s gonna take the garbage out, un fantástico diálogo entre dos esposos que ven su matrimonio como una condena necesaria (la rutina inevitable) a la que se resignan irremediablemente. La respuesta de ella a la última pregunta de él es sencillamente genial. Una pizca de humor típicamente Country:
Y cierro esta pequeña selección personal con una maravillosa canción que nos explica muy bien lo que es creer en el "para siempre"...
A mediados de los años 50 el Reino Unido y buena parte de la Europa Occidental comenzaron a dejar atrás la penuria económica de la posguerra. Mientras la economía crecía vertiginosamente, la influencia americana, con todos sus avances sociales, se hizo cada vez más presente. Llegaron los pagos a plazos y por fin la clase trabajadora pudo acceder a los electrodomésticos y los automóviles. También llegó algo nuevo para la juventud: el Rock and Roll. Los jóvenes ahora podía comprase tocadiscos y discos distintos a los que sonaban en las radios, que además traían un formato más pequeño y manejable: los singles de 45 r.p.m.
En la segunda mitad de los años 50 la juventud británica logró una identidad propia, adoptando un look eduardiano, muy siemple, y una postura violenta y reaccionaria contra lo establecido. La prensa los llamó los Teddy Boys y achacó su violencia y racismo al R'n'R americano encabezado por Bill Halley. El estilo de los Teddy Boys se extendió rápidamente por todo el Reino Unido. Aparte de su vulgaridad, establecieron el primer mercado juvenil en Europa, creando una moda totalmente de clase obrera y haciendo que los hombres vistiesen simplemente para lucir: antes habían vestido ropa para trabajar y la de los domingos, un traje que normalmente duraba media vida. Musicalmente también fueron años importantes. El R'n'R sacudió a la juventud y en Inglaterra dio lugar al skiffle, versión casera del blues negro americano con mucha influencia folk, tocado por instrumentos rudimentarios por chicos de barrio.
Estética de los Teddy Boys
Posteriormente a los Teddy Boys surgieron los Beatniks, en su mayoría procedentes de las Art Schools, donde los jóvenes con vocación artística tenían alternativa al colegio o la universidad. Fueron ellos los que comenzaron a frecuentar el barrio del Soho, en pleno West End, y a organizar conciertos de jazz y skiffle, y contribuyendo a crear el concepto "allnighter" o lugar que permanece abierto toda la noche.
Estética Beatnik
A finales de los años 50 el estilo Teddy Boy estaba muriendo, mientras poco a poco surgía en distintos lugares de Londres la tercera manifestación juvenil, una que marcaría musicalmente a varias generaciones venideras: los Mods. Estéticamente sus orígenes están en los jóvenes de clase media acomodada que contaban con el dinero suficiente para experimentar con la ropa. En un principio no formaban un grupo, eran simplemente unos atrevidos, algo snobs y totalmente narcisistas. En esta misma época, además del R'n'R y el Skiffle el estilo musical más popular era el jazz tradicional, que dominaba todas las listas y se oía en todos los pubs. Esta música, que escuchaba prácticamente todo el mundo, no llamaba la atención a esta nueva juventud, tremendamente individualista. Por el contrario se identificaba más con la nueva música que llegaba de Estados Unidos: el Modern Jazz de Charles Mingus, Gerry Mulligan, Dave Brubeck y The Modern Jazz Quartet. Por cierto, a estos dos últimos tuve la suerte de escucharlos en director en el Teatro Principal de Zaragoza, hacia finales de los ochenta. El Take Five del pianista Brubeck quedó marcado a fuego en mi alma.
Take Five de Dave Brubeck
Fue por esta afición al Modern Jazz de donde salió el nombre que identificó a este grupo juvenil: Modernistas, enfrentados estética e ideológicamente con la sociedad inmovilista representada musicalmente por los tradicionalistas Teddy Boys. Su primer interés por el Modern Jazz dió rápidamente paso a una devoción por el Blues y el Rhythm & Blues que venía de Estados Unidos.
Estética Mod
El caso es que podría estar escribiendo líneas y más líneas sobre la estética, ideas, aspiraciones, gustos que impregnaron a este grupo juvenil. Para el que quiera saber más recomiendo el libro "I've got my mojo working. Londres 1960-1966: Los Mods, los clubs, los grupos, la herencia", de Angel De la Iglesia, que probablemente esté descatalogado pero que seguro que en eBay hay alguno en oferta.
Lo que acabo de contar es apenas una introducción al contexto social, histórico y musical de un grupo juvenil que escuchó un tipo de música que marcó mis veinte años: el Rhythm & Blues británico, ese estilo musical que logró mestizar la música negra americana con la forma británica de entender e interpretar la música.
Quizás nos hemos olvidado ya pero los Rolling Stones fueron unas de las bandas británicas que formaron parte de esta ola musical. Ponedle oído a esa maravillosa compilación de sus obras primeras titulada: "Rolling Stones' singles collection: The London Years" que cubre el periodo 1963-1971. Es R&B británico en estado puro.
Quién no ha escuchado o lucido la estética de The Who? Quien no ha saltado en alguna pista de baile escuchando a Roger Daltrey tartamudear My Generation, la canción que aparece en la película Quadrophenia y que definitivamente constituye el himno de los Mods. John Lennon dijo en 1965 "Hay un grupo mejor que los Beatles; se llaman los Who".
My generation. The Who
The Kinks, otras de las bandas históricas del Reino Unido, también formó parte de esta odisea musical. Os suena You really got me, All Day and all of the night o Lola, el primer gran éxito que habla de un transexual?
Your really got me. The Kinks.
La lista de grupos seminales es interminable: Manfred Mann que compusieron el tema que abría el programa musical RSG (ready, steady, go!) en la BBC, The Spencer Davis Group con un jovencísimo Stevie Winwood (Give me some lovin', I'm a man), The Yardbirds (For your love) de donde saldrían guitarristas como Eric Clapton o Jimmy Page (Led Zeppelin!), The Artwoods (I take what I want, Keep lookin', Sweet Mary) cuyos LPs y CDs hoy valen su peso en oro, Them encabezados por Van Morrison (Gloria, Baby please don´t go), etc, etc, etc. Hasta David Bowie y Rod "The Mod" Stewart formaron parte de esta genial revolución musical al inicio de sus carreras.
Give me some lovin'. The Spencer Davis Group
For your love. The Yardbirds.
Dejo para el final un solista y una banda que para mi tienen un significado especial: Chris Farlowe y The Animals.
Chris Farlowe tuvo probablemente la mejor voz de toda aquella generación Mod. Mick Jagger y Keith Richards se declararon abiertamente admiradores de Farlowe e incluso le compusieron varias canciones. Una de ellas, Out of time, llegó a ser número 1 en las listas de éxitos en el verano de 1966. Si Farlowe no pasó de ser un músico de culto fue porque era más feo que picio: cuerpo desproporcionado, piernas muy largas y delgadas, barrigón, cabeza grande, piños largos y orientados hacia todas las direcciones imaginables...Yo tuve la fortuna de escucharlo tocar en Zaragoza en 1991. Llegué temprano al concierto y me coloqué en primera fila, apoyado literalmente en el escenario. En un momento de su actuación, en mitad de una de sus canciones, viendo que me sabía todas las letras, Farlowe me plantó su micrófono en la boca y me dejó cantar una frase...gloria bendita...
Out of time. Chris Farlowe
Y dejo para el gran final mi banda preferida de Rhythm & Blues británico de todos los tiempos. Para mí nadie, ni los Stones, les hacen sombra: The Animals. Originales del norte de Inglaterra (Newcastle), su repertorio de salvaje R&B les inspiró el nombre de la banda. The Animals estuvo integrada por Alan Price (órgano), Chas Chandler (bajo), Hilton Valentine (guitarra), John Stell (batería) y Eric Burdon (solista). En su corta existencia (1962-1967) sacaron tres LPs (The Animals, Animal Tracks y Animalism) y varios EP´s y singles. Su mayor éxito vino, curiosamente, con una canción que se aleja de la línea clásica del R&B: The house of the rising sun.
The house of the rising sun. The Animals.
Como bien dice Angel de la Iglesia en su libro I've got my mojo working "The Animalsdejaron, con la combinación de la gran voz blues de Burdon (que declaró que le hubiese gustado nacer negro), con el estremecedor órgano del grupo (Price o desde 1965 Rowberry), un sonido de los más brillantes de la escena del R&B británico, con una línea muy regular y sin grandes cambios en su estilo, estando siempre en la cabeza y siendo, para siempre, una de las bandas favoritas para cualquier purista del R&B".
Hay dos conciertos a los que he asistido que forman parte de ese exclusivo grupo de vivencias musicales imprescindibles en mi vida. Uno de ellos es el que dió Alan Price, el organista de The Animals el 8 de octubre de 1991 en el pabellón San Pedro Nolasco de Zaragoza. Al concluir el mismo me acerqué al camerino de Price, quien me recibió muy gentilmente. Estaba con su esposa y otros miembros de su banda. Yo llevaba conmigo varios de los LPs de estudio y algunos piratas de actuaciones en vivo de su época con The Animals. Me firmó todos con la frase "Best wishes". Uno de ellos, el titulado "Live at the Club A Go-Go in Newscastle" traía una foto de la banda actuando en dicho club y Price se lo enseñó a su esposa, quien soltó una risa y dijo algo así como "Look at you...so young...I had never seen this picture before...". Guardo ese disco como oro en paño.
Y el otro concierto es al que asistí el otro día en The Barns at the Wolf Trap, un viejo granero de madera reconvertido en auditorio que queda en Virginia, en la margen derecha del río Potomac, en los alrededores de Washington DC. Tiene un foro de aproximadamente 200 personas y una acústica tan fenomenal que varias orquestas de música clásica graban allí sus discos. En mi caso tuve la suerte de escuchar a uno de mis ídolos de juventud: Eric Burdon con sus New Animals. Acudí con mi hijo mayor, a quien expliqué durante todo el recorrido hasta The Barns, y una vez dentro y entre canción y canción las cosas que he ido contando en este post y muchas otras más. Burdon comenzó el concierto con una de mis canciones preferidas: See see rider. Repasó lo principal de su repertorio: Don´t bring me down, Don´t let me be misunderstood, We gotta get out of this place, Monterey, etc. Este concierto fue también una clase magistral acerca de los orígenes afroamericanos del R&B británico, con interpretaciones de canciones como In the pines, Hold on I'm coming, entre otras. Y por supuesto el clímax llegó con The House of the Rising Sun. Todo este fantástico viaje musical salpicado de anécdotas sobre sus ídolos del blues americano o del festival de Monterey de 1967, que Burdon ayudó a organizar y que fue precursor del festival de Woodstock de 1969, en el que Jimmi Hendrix quemó y destrozó su guitarra tras interpretar Wild Thing, una de las escenas legendarias de la irrepetible generación musical de los años 60.
Os dejo con una selección de algunas de las joyas eternas de esta increible e irrepetible banda británica: